Semillas de cambio

Compartiendo aprendizajes y prácticas agroecológicas en el Encuentro Regional de la Red Chiapaneca de Huertos Educativos. Foto: Equipo de LabVida

Semillas de cambio

 

La Red Mexicana de Huertos Educativos

 

 

Producción: Clara Migoya

Abril 8, 2019

 

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Lectura de 16 minutos 

 

 EDUCACIÓN

Con la modernidad y la urbanización se ha acentuado una desconexión con el mundo natural que marca aspectos tan centrales de nuestra vida como la alimentación. Los huertos educativos ofrecen una oportunidad para resignificar el vínculo que tenemos con nuestros alimentos y promover otra forma de aprendizaje. Estar afuera, con las manos en la tierra, nos obliga a observar más atentamente; ser metódicos, estar a merced de otras formas de vida que se tejen alrededor de los cultivos y encontrar, en el esfuerzo campesino y el propio, gratitud en los alimentos que a menudo damos por sentado. Esta historia retrata la esencia de una Red que, aprendiendo al lado de las generaciones más jóvenes, invita al cambio.

 

A finales del 2018 me encontré rodeada de personas que trabajan con enorme compromiso por inspirar en la infancia el respeto a la vida, a nuestros alimentos y quienes los cultivan. Se trata de la Red Mexicana de Huertos Educativos, una comunidad amplia y dinámica que adquirió nombre y constitución oficial en octubre de 2018 durante el Encuentro Nacional de Huertos Escolares en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas. Su trabajo tiene muchos más años y geografías; venidos de dieciséis estados de la república, los aproximadamente 200 participantes formalizaron un lazo que muchos de ellos empezaron a forjar hace más de diez años.

 

Casi todos forman parte de la Red Internacional de Huertos Escolares (RIHE) y algunos han creado redes regionales como la Red Chiapaneca de Huertos Educativos y la Red de Huertos Escolares y Comunitarios (de Xalapa, Veracruz). En su multiplicidad de expresiones, la red integra alumnos, maestros de escuelas públicas y privadas, educadoras rurales, padres de familia, activistas urbanos, colectivos, nutriólogas, agroecólogos, campesinos, académicos, comunicadores y, seguramente, muchas identidades para las que mi ojo quedó corto.

 

El encuentro permitió a los participantes asomarse a otras experiencias, compartir soluciones creativas, aprender de otros enfoques y, sobre todo, contagiar el entusiasmo por seguir trabajando. Los días que compartí con estas personas, en talleres, visitas a campo, asambleas y juegos, me dejaron una profunda impresión: cada uno, desde su realidad, teje lazos para promover una pedagogía transformadora y cercana a la tierra. Todos avanzan cultivando esperanza.

Participantes del Encuentro Nacional de Huertos Escolares en una ceremonia maya. Las ofrendas ofrecen puntos de encuentro para mostrar gratitud hacia la tierra. Foto: Alejandro Caputo

Voluntad y corazón

 

Días después del Encuentro pedí a Loreto Rondizzoni, a quien conocía desde hace tiempo, que me mostrara la escuela donde trabaja. Sabía que el éxito del huerto escolar que cultiva con ‘sus niños’ era un referente en San Cristóbal de Las Casas. Loreto tiene una sonrisa amplia y una cara radiante. Mientras nos presentaba a mí y otros compañeros el espacio donde siembra con los alumnos, dejaba ver en su voz el entusiasmo que la caracteriza. Desde hace casi tres años ella trabaja de manera extracurricular y completamente voluntaria con los niños y niñas de quinto y sexto de la primaria pública Paulo Freire. Crían lombrices, observan abejas e insectos, seleccionan semillas y cosechan lo que siembran.

 

El huerto es lo primero que se ve al llegar a la escuela; algunas flores de lechuga y otras hierbas se asoman por la barda blanca y hojas de acelga se ensanchan en las camas de cultivo, su borde de botellas verdes brilla bajo el sol. Loreto nos dice que el huerto está ‘vacío’, pues esperan la siguiente temporada de siembra, pero todo se ve lleno de vida. En este pequeño espacio de poco más de 50m2, los niños y niñas de la primaria siembran y aprenden en un espacio que invita al juego y al asombro. Loreto nos cuenta que una de las mayores emociones que encuentran sus estudiantes en el huerto es cosechar y luego cocinar aquello que cultivaron. Una vez al mes hacen un desayuno, que es producto de su esfuerzo y aprendizaje. Niños y niñas participan de misma manera en todas las actividades, incluidas las tareas de cocina —algo que, aunque parezca mínimo, a veces representa un cambio de paradigma en sus hogares.

Loreto y estudiantes de la primaria Paulo Freire cocinan el desayuno con productos del huerto. Foto: Loreto Rondizzoni

La primaria Paulo Freire tuvo un intento previo de implementar huertos escolares. Años atrás, la escuela fue beneficiaria de un fondo de la organización internacional Save The Children con el fin de reducir la malnutrición y la inseguridad alimentaria entre los 115 estudiantes, provenientes de familias tzotziles, tzeltales y mestizas. Desgraciadamente, nos comentó su director, cuando dejó de llegar el dinero desapareció el huerto. El segundo intento llegó con Loreto. En su propia historia, en la esencia de su trabajo y la entrega hacia éste, pude ver reflejado el espíritu de muchos miembros de la Red; amor por la vida en el huerto, consciencia del poder de la alimentación sana y cercana, y una voluntad férrea y corazonada por transmitir esta pasión a los niños. Hoy cuento su historia sabiendo que puede ser también la de otros.

 

Loreto buscaba una oportunidad para sembrar de nuevo y compartir con los niños el asombro por las plantas -una nostalgia que se trajo desde Chile al mudarse. Al conocer el trabajo que hacía Laboratorios para la Vida (LabVida) en El Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR), tomó la determinación de que ese era su espacio de oportunidad. Aplicó al diplomado de LabVida en tres ocasiones, siendo rechazada en dos de ellas por no cumplir los requisitos. El diplomado estaba dirigido a docentes que tuvieran un sitio de trabajo y el permiso explícito del director o directora para implementar un huerto. Loreto no tenía ninguna de ellas, solo una voluntad inmensa. Finalmente, tras tocar la puerta en muchas escuelas logró hacer un vínculo con la escuela Paulo Freire y entró, en su tercer intento, al diplomado. Desde entonces, y por casi tres años, Loreto ha aplicado su conocimiento con talento y entusiasmo. Entre otras cosas, ha recaudado recursos del Fondo de Acción Solidaria, A.C. para mejorar la infraestructura del espacio, y enseñando fundamentos de nutrición con el uso de bitácoras y ejercicios reflexivos – lo cual le ha ganado la mención de la primaria en un manual de Buenas Prácticas escolares para el control y la reducción del sobrepeso de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).

Encuentro Regional de la Red Chiapaneca de Huertos Educativos en la escuela primaria ONU, Teopisca, Chiapas. Foto: Equipo de LabVida

El diplomado en sí mismo fue el inicio de una comunidad de aprendizaje. LabVida nació en 2012 en ECOSUR y el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) en Chiapas. Sus fundadores, Helda Morales, Ronald Nigh y Bruce Ferguson, investigadores de dichas instituciones, llevaban varios años trabajando con familias campesinas en prácticas y principios de producción agroecológica. El distanciamiento entre el campo y ciudad les resultaba preocupante, ya que a pesar de tener alimentos sanos y cercanos (aludiendo al cultivo local y libre de agroquímicos) muchas familias seguían consumiendo alimentos industrializados, importados de Estados Unidos y de baja calidad nutricional. Trabajar con las generaciones más jóvenes presentaba una oportunidad de cambio. A su vez, si la educación era un camino de esperanza para mejores sistemas alimentarios, el trabajo con maestros y maestras se mostraba como un medio multiplicador; en sus manos estaba el proceso de aprendizaje de cientos de niños.

 

Helda y otros investigadores comenzaron a documentar iniciativas exitosas de huertos educativos a lo largo de Latinoamérica. Después, con el interés de vincularlas, formaron la Red Internacional de Huertos Escolares (RIHE) que actualmente cuenta con más de 300 miembros de diez países latinoamericanos, así como de España y de Estados Unidos. Otro fruto de esta investigación fue la materialización de LabVida, que durante cuatro años ofreció a docentes del Estado, de nivel primaria al universitario, un espacio de formación donde, a través del huerto escolar, integraran temas de salud y alimentación, agroecología y ciencia en el currículo escolar.

 

LabVida se convirtió en una comunidad para docentes y facilitadores. Esto se dio en gran medida gracias a su enfoque pedagógico. Haciendo uso de herramientas de aprendizaje que parten de la escucha, la experiencia personal y la participación, el diplomado ofreció otra forma de construir el conocimiento y de entender la relación educador-alumno.

 

Del Diplomado de Alimentación, Comunidad y Aprendizaje egresaron 120 docentes chiapanecos. En sus escuelas, los huertos educativos se han mantenido gracias a su entusiasmo y compromiso. La mayoría se enfrenta con indiferencia y falta de apoyo de directores y colegas, la negación de espacio, la transferencia a otras escuelas (debido al sistema de rotación interna de la CNTE) o la falta de pago, como en el caso de Loreto. Al salir del diplomado, los docentes también buscaban nuevas formas de integrar materias y conocimiento a través del huerto. Los eventos de la RIHE les ayudaban a recobrar ánimos y mejorar sus métodos de enseñanza, pero estos eran anuales y respondían al contexto del sitio de encuentro. Fue así como, con una perspectiva regional y comunitaria, los egresados de LabVida crearon la Red Chiapaneca de Huertos Educativos. Desde 2014 realizan encuentros mensuales donde comparten métodos de enseñanza y siembra, soluciones creativas, semillas, materiales de aprendizaje, y ánimo. Esta es una estrategia que usa también la Red de Huertos Escolares y Comunitarios en Veracruz, que encuentra en la complicidad de sus integrantes y la colaboración con la comunidad, fuerza para seguir creciendo.

En los huertos educativos, los niños aprenden de manera lúdica de nutrición, cultura, ciencia y cuidado ambiental. Foto: Vanessa Morales, equipo de LabVida

Loreto me cuenta que el huerto es un éxito porque los niños lo consideran suyo. Es también un espacio donde se sienten cómodos y contentos porque pueden romper con la estructura rígida del salón. Escuchando la experiencia de otros docentes de la Red Chiapaneca entendí la importancia de que Helda y los miembros de LabVida vieran en el diplomado una comunidad de aprendizaje. Aplicando herramientas participativas y una pedagogía crítica, los docentes no sólo dieron lugar a los saberes de sus colegas. Esta misma horizontalidad en la que fortalecieron sus lazos, es la que llevaron a sus escuelas; regresaron a aprender al lado de los alumnos.

 

Educación crítica y horizontal

 

No me sorprendió cuando Hugo Sánchez, maestro rural y Coordinador General de la Red Chiapaneca de Huertos Educativos, me compartió que los alumnos se sienten libres cuando están en el huerto. La emoción de los alumnos se alimenta de la posibilidad de juego, pero también de la oportunidad que brindan los huertos para romper la estructura vertical del salón. Con un trato respetuoso y técnicas de enseñanzas incluyentes, Hugo alimenta en los alumnos un sentido de responsabilidad y respeto, así como el desarrollo de un espíritu inquisitivo y curioso.

 

Este es un elemento que resalta en el trabajo de quienes pertenecen a la Red y que nos anima a replantear los caminos y formas de la enseñanza. ¿Cómo podemos ofrecer a los alumnos mayor libertad en el aprendizaje? El modelo educativo que prevalece en escuelas públicas y privadas de México suele apuntar a la transmisión de conocimientos, más que al desarrollo de capacidades y la construcción de alternativas.

 

Después del encuentro de la Red Mexicana, y de la visita que hice a Hugo y sus alumnos en la primaria Organización de las Naciones Unidas (ONU) de Teopisca, pude entender el potencial que tienen los huertos educativos de desencadenar nuevas formas de educar y aprender, si usamos el enfoque adecuado.

Descubriendo las estructuras reproductivas de las plantas. El aprendizaje vivencial también permite a los niños profundizar conocimientos de ciencias biológicas. Foto: Equipo de LabVida

Los huertos educativos promueven el uso de aulas al aire libre y el aprendizaje horizontal. Los maestros se acuclillan al lado de sus alumnos para poner las manos en la tierra; observan la vida bajo y sobre el suelo y encuentran formas lúdicas de integrar los conocimientos en clase. Hugo les ha pedido que calculen en las camas de cultivo la densidad de tomates por metro cuadrado, que midan los cuartos y los octavos de un semillero, que coloquen adverbios a sus tiempos de riego y otorguen adjetivos a la cosecha, que escriban cuentos. A su parecer, el primer impulso para que los alumnos generen interés en leer y escribir, debe apelar a su realidad y situaciones familiares. Me puso de ejemplo el absurdo de asignar lecturas como “El fantasma de Canterville” a niños de una comunidad indígena que no tienen la menor relación con la sociedad inglesa del siglo XIX. Hugo les hace escribir sobre situaciones y paisajes familiares como la milpa, realizar entrevistas a vecinos y recuperar los conocimientos de sus padres y abuelos.

 

El día que visité a Hugo y a sus estudiantes, estaban diseñando mejoras para los anuncios de locales vecinos —como el clásico ‘Se asen talachas’. Hugo los invitó no solo a corregir las faltas de ortografía sino a identificar los elementos de un buen anuncio. Cuando miré el libro de texto, abierto sobre el pupitre de una alumna, noté que Hugo seguía en efecto el programa. Sin embargo, la tarea de identificar los componentes de un anuncio hacía uso de una glamorosa foto de Lancôme. Así que, en lugar de usar este material, el profesor salió a tomar fotos en la calle y se las entregó a sus estudiantes para realizar la tarea. En esta iniciativa no solo aprecié el compromiso con la realidad de su comunidad y el ánimo de generar contenido adecuado, Hugo también muestra voluntad de responder creativamente y seguir aprendiendo. Poco después me comentó que de forma independiente y financiándose de su propio bolsillo, compensa los recursos y la formación que la Secretaría de Educación no le facilita. Además de participar en el diplomado de LabVida, Hugo se forma en programas de desarrollo personal que le han permitido entender y escuchar mejor a sus estudiantes, preguntarles cómo está todo en casa y animarlos a compartir sus sueños. Poco antes de despedirme en la puerta de la escuela me recuerda que “desde las emociones se aprende”.

Niños chiapanecos cosechan chícharo: un alimento rico en proteínas y que aumenta la disponibilidad de nitrógeno en el suelo. Foto: Loreto Rondizzoni

Revalorar a la tierra y quienes la trabajan

 

Los miembros de la Red y la comunidad de aprendizaje de LabVida tienen un compromiso con una educación transformadora, un esfuerzo que evoca a la pedagogía de la liberación de Paulo Freire. El huerto educativo es un punto de encuentro para quienes desean construir desde la colaboración y el respeto al ‘otro’: la tierra y los seres humanos. Esta humildad hacia el conocimiento propio les permite acercarse a otros profesores y promover métodos participativos entre los alumnos. Los estudiantes aprenden entre sí y, como muchos vienen de familias campesinas, enseñan incluso al maestro. Se distribuyen las tareas del huerto, realizan monitoreos, calendarizan sus riegos, y se dan cuenta de que todos tienen algo que aprender del otro. Los docentes fomentan este ambiente, lo cual da a la Red su componente profundamente humano y transformador.

 

Varios docentes me comentaron que en el huerto los alumnos se acercan más a ellos. En ese espacio es más fácil que los alumnos compartan sus sueños, las dificultades que viven e incluso la violencia que experimentan en casa. En este sentido, el huerto se convierte también en un refugio emocional, un espacio para cultivar la confianza y las relaciones. Se sienten libres también porque están en un espacio donde juegan, aprenden haciendo y son semejantes.

Jóvenes zinacantecas en un encuentro de la Red Chiapaneca de Huertos Educativos. Foto: Alejandro Caputo, equipo de LabVida

De acuerdo con varios miembros de la Red, el apoyo de padres y madres de familia es fundamental para la creación los huertos. Además de dar su respaldo al maestro, muchos de ellos contribuyen con conocimiento, trabajo o materiales. Su participación fortalece en muchas ocasiones lazos generacionales y revive el conocimiento agrícola de las familias. También hay, sin embargo, quienes reprochan a los maestros que sus hijos estén trabajando nuevamente con la tierra. Como resultado de la marginación y el pago insuficiente de productos agrícolas, muchas familias han cargado el oficio campesino como un estigma indeseable. La discriminación que viven es profunda. Es así como mandan a sus hijos a la escuela con la esperanza de que ‘sean alguien’. “¡Si ya son!”, dice el profesor Hugo.

 

Y es que en muchos rincones de este país se aplica un modelo educativo que requiere de sujetos estériles: para empezar a edificar el conocimiento se impone una tabula rasa que ignora quiénes somos, qué nos ha construido y hacia dónde queremos caminar. Además de resignificar lo que es señalado como ignorante y ligado a la pobreza, los maestros de la Red hacen un esfuerzo por promover otra forma de aprender. Ven el potencial de educar desde el reconocimiento y la valoración. Es por ello que el trabajo de estos maestros, y el espíritu de la Red, es poderoso. ¿Qué cambios se darían con la eliminación de discriminación en el aula? ¿Cómo sería a futuro la relación de esos niños con su lengua, su tierra y sus costumbres? ¿Cuáles serían los caminos de su aprendizaje?

Los platos del ‘buen comer’ también son aquellos que promueven el consumo de alimentos sanos y cercanos. Foto: Loreto Rondizzoni

Sembrar salud: trabajando para la tierra y nuestros cuerpos

 

La emoción de ver sus alimentos crecer hace que niños y niñas le den una nueva dimensión a lo que estará después en sus platos; saben el trabajo que implicó, entendieron los ritmos del crecimiento vegetal desde la germinación hasta el fruto de la cosecha. De un momento a otro, casi sin saberlo, les gusta comer acelgas. Esta fue la sorpresa de una madre que, durante el Encuentro, nos compartió que un día su hijo llegó a la casa con ganas de cenar rábanos: llegó eufórico de la escuela y le entregó su primera cosecha como si se tratara de un tesoro. En el huerto (esos laboratorios para la vida) los niños miran impacientes la maduración de los jitomatitos, se emocionan ante el indicador que dan las plantas al florecer (han entendido un fundamento biológico que anuncia frutos), comparten el momento de sentarse a la mesa como un logro y celebran el esfuerzo compartido.

 

Los niños y niñas empiezan a ver el valor que tiene su comida al acercarse al huerto. Aprenden que es la diversidad la que les nutre y mantiene sana a la tierra. Reconocen en esta diversidad a una gran cantidad de actores: insectos, lombrices, polinizadores, malezas y quelites, sabiendo que todos tienen un papel en los sistemas vivos. Incluso hay quienes empiezan a preguntar si aquel insecto en la planta es bueno o malo. En lugar de clasificar a todos los insectos como plagas, los estudiantes aprenden a ver balances. Se preguntan qué función cumple cada ser vivo en ese sistema y poco a poco vinculan la diversidad que los mantiene sanos a ellos, con la que se desarrolla en las parcelas.  Esta contribución de los huertos educativos al entendimiento agroecológico es una semilla de consciencia que, quizá en un futuro, abone a una revolución alimentaria.

La observación de insectos polinizadores permite a los niños aprender las interacciones que hay alrededor de los cultivos. Foto: Vanessa Morales, equipo de LabVida

El futuro de una comunidad en crecimiento

 

La Red Internacional y la Red Mexicana nacen en el mismo punto geográfico con nueve años de diferencia. La primera surge de un impulso académico, encontrando su inspiración en un sinnúmero de experiencias hermanas y su permanencia en la colaboración entregada de cientos de personas. La segunda es un reflejo de experiencias nacionales que quieren seguir creciendo y vinculándose. Así como todas las iniciativas que la construyen, la Red Mexicana de Huertos Educativos es una estructura autónoma, independiente y colaborativa que se sostiene de poderosas convicciones y un gran ánimo de compartir con los demás. A muchas voces, los miembros de la Red reafirman que mantenerse en contacto es lo que les da fuerza para seguir trabajando, les hace sentir acompañados el saber que hay muchas cabezas pensando en la misma dirección.

 

No hay una sola historia. Quienes conocí en el Encuentro Nacional de Huertos Escolares me permitieron ver que el espíritu y la fuerza de la Red se encuentran en su diversidad y su capacidad de transformarse de acuerdo a las necesidades. En la conexión de sus luchas pude ver que, gracias a su trabajo intencionado, su respeto por la vida y su voluntad por tender puentes, son estas personas las que, con enorme corazón y ojos de niño, representan un medio multiplicador para transformar la realidad.


Tú puedes involucrarte:

https://www.facebook.com/RedHuertosChiapas/;

https://www.facebook.com/reddehuertosescolaresycomunitarios/

Clara Migoya estudia Periodismo de Ciencia y Medio Ambiente en la Universidad de Arizona. Ha trabajado en proyectos de evaluación de agricultura sustentable, metodología participativa e historia ambiental. Le apasionan la comida, los podcasts y las conexiones humanas.

 

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La paz se construye desde el barrio

Para muchas familias en México despedirse sin temor a no regresar ese día es un sueño. Foto: Francisco Proner

La paz se construye desde el barrio

 

Cauce Ciudadano

 

 

Producción: Étienne von Bertrab

Marzo 24, 2019

 

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Lectura de 14 minutos 

 

 EDUCACIÓN

En un país azorado por niveles inéditos de violencia, la idea de que ‘si mueren los criminales no pasa nada’ sintetiza un discurso normalizado en la sociedad mexicana y convertido, a su vez, en política pública. Para Cauce Ciudadano, organización dedicada a la construcción de paz desde los barrios de nuestras ciudades, la estrategia policiaca y punitiva del Estado mexicano no solo no logra reducir la violencia, sino que la reproduce y, siendo incapaz de construir una cultura de paz, atenta contra el futuro de México. Cauce Ciudadano marca una ruta distinta y promisoria en el trabajo con quienes son principales víctimas y victimarios: los jóvenes. Y es que, como ellos lo expresan, “Las juventudes no son peligrosas. Están en peligro.” Lo que esta organización logra en los barrios no es menor: transformar la conflictividad y crear nuevos protagonistas sociales.

 

El impacto y el reconocimiento de su trabajo trascienden fronteras. En una entrevista a su fundador, Carlos Cruz, contó que pasaba algunas semanas en dos provincias argentinas, compartiendo en ‘villas’ urbanas la metodología desarrollada por la organización a lo largo de diecinueve años. Por otro lado, Cauce Ciudadano recibió este pasado 12 de marzo, en el parlamento catalán, el Premio Internacional Constructores de Paz 2018 que otorga el Instituto Catalán Internacional por la Paz. Este organismo solicitó a la escritora colombiana Laura Restrepo, familiarizada con la violencia y el difícil tránsito hacia la paz en su país, entregar el premio, que fue recibido por Erika Llanos, Directora de Cauce, y el mismo Carlos.

 

En una primera visita a Ecatepec, uno de los municipios en que trabaja Cauce, tuve la fortuna de coincidir con Laura Restrepo, quien estaba en su misión para conocer de primera mano el trabajo y los equipos de la organización. Seguramente quedó igual de maravillada con lo que logran las mujeres y hombres que colaboran junto con personas de una diversidad de grupos de base y con la misma comunidad. Pese a las más grandes adversidades, simultáneamente están salvando vidas y construyendo una cultura de paz en uno de los municipios de mayor conflictividad y más estigmatizados de América Latina.

 

Comunidades violentadas

 

No resulta difícil imaginar cómo surge la violencia en territorios tan violentados como Ecatepec y particularmente en Ciudad Cuauhtémoc, comunidad situada en los márgenes del municipio y considerado por sus pobladores como olvidada por las autoridades. La falta de oportunidades laborales y de desenvolvimiento la padecen la mayoría de las familias. Siendo periferia de la Ciudad de México depende de los empleos que ésta genera, pero llegar a ellos implica enormes gastos y renuncias. Un solo trayecto a la estación del metro Indios Verdes cuesta 21 pesos, lo que hace que en algunos casos transportarse al trabajo implique la mitad de un salario ya de por sí precarizado. El trayecto al metro puede tomar hasta dos horas. Como buena parte de este municipio de más de millón y medio de habitantes, Ciudad Cuauhtémoc es una ciudad dormitorio cuyas familias escasamente tienen tiempo para sí. Flor Maldonado, quien colabora como facilitadora en Pazeando mi barrio, un programa de Cauce, me contó cómo fue que uno de sus cuatro hijos, que logró estudiar ingeniería, acabó abortando la profesión por lo que implicaba ir al trabajo. Acabó tomando un camino muy distinto, ingresando al ejército. Las oportunidades educativas son escasas, como son los espacios públicos para el esparcimiento y el desarrollo. No porque haga falta territorio sino porque éste es temido. En nuestros recorridos, integrantes de Cauce nos contaban que aquellos grandes baldíos rociados de basura contienen historias de horror. Es ahí donde secuestran a algunos, violan a otras y depositan sus cuerpos o partes de estos. Sin embargo, recorrer, ‘pazear’ el barrio, también implica para ellos y ellas la posibilidad de que su cerro, donde ahora se cosecha muerte, se coseche vida.

Pese a tener sus propios desafíos Flor brinda acompañamiento y apoyo a personas en su comunidad.  Foto: Étienne von Bertrab

Mientras que ciertas crueldades suceden otras son planeadas. Ciudad Cuauhtémoc está flanqueada por dos enormes basureros que reciben desechos tanto del municipio como de la Ciudad de México. Uno de ellos fue supuestamente clausurado. Adyacente al que está notoriamente activo se encuentra la prisión de Chiconautla, destacada por ser una de las más hacinadas del país. Indagar qué fue primero, el basurero o la prisión, resultaría ocioso: cualquier posibilidad es perversa, pues considera a las y los internos como personas que no merecen siquiera un entorno sano. Como si la pérdida de libertad no fuese suficiente castigo.

Ahí detrás del basurero está la prisión de Chiconautla. Muy cerca, una planta termoeléctrica. Foto: Étienne von Bertrab

Aquí es común tener parientes o amigos muertos violentamente, así como familiares presos, por lo que las visitas a la cárcel forman parte de la dinámica cotidiana de muchas familias. Conocí a varias personas que estuvieron presas, como Patricia, quien salió hace meses habiendo cumplido 15 años encarcelada, acusada de un crimen de secuestro que no cometió y por el que fue condenada originalmente a 39 años de cárcel. Su historia es tan escalofriante como inspiradora. Su encarcelamiento implicó no ver crecer a sus tres hijas, y pasó todo tipo de penurias como las demás internas. Su relato sugiere que quien sobrevive una prisión como ésta lo debe a una mezcla de factores fortuitos y la determinación individual y colectiva por la vida. La prisión de Chiconautla es lo más indigno para un ser humano: compañeras durmiendo en el piso a falta de camas, al lado de cubetas con heces y orines (antes de que les pusieran baños), sin comedor propio (solo los hombres lo tenían), esto sumado a los primeros días de golpes, tortura y encierro intimidatorio. Patricia nunca logró un careo con la persona que la acusó. Tampoco tuvo acceso a un abogado. Pese a todo lo vivido y lo perdido, agradece estar libre y poder reiniciar una vida normal. Patricia estima que, de la población de mujeres reclusas durante su estancia en Chiconautla, diez por ciento son inocentes. Al preguntarle sobre la prisión de hombres sus ojos se van para atrás. Son mucho más los hombres presos inocentes, dice, y las condiciones de vida, mucho peores. “Ni los animales se comen la comida que les sirven”.

Patricia hace lo posible por rehacer su vida. Foto: Étienne von Bertrab

La violencia del sistema de justicia punitiva no termina con la liberación. Patricia fue ‘preliberada’ y tiene que regresar a la prisión cada jueves, para firmar. No entiende por qué en cada ocasión tienen ella y sus compañeras que ser sujetas a la humillación por parte de los encargados de poner un sello. Este simple trámite puede tomar hasta cuatro horas y se logra toda vez que una esté dispuesta a lavar y hacer todo tipo de servicios a la autoridad en turno. Sus ausencias prolongadas del trabajo no son bien vistas por su empleador. ¿Querrá alguien que estas personas simplemente no salgan adelante?

 

El valor de la confianza

 

En este mar de violencias existen archipiélagos de paz rebosantes de humanidad. Uno de ellos es el espacio creado por Goyo, quien colabora con Cauce haciendo un trabajo tan inusitado como imprescindible. Hace años montó en su casa un dormitorio para personas que salen de prisión y no tienen a quién acudir. En términos formales hace el papel de tutela familiar o laboral, según la necesidad. Aquí no es relevante cuál fue el delito o supuesto delito cometido. Lo que importa es el cumplimiento de normas de convivencia y de colaboración: cero drogas y alcohol, trabajo, limpieza, fraternidad y honestidad. Goyo nos contó cómo es que lo tildaron de loco por exponer a su familia, y particularmente a sus cuatro hijas, a personas peligrosas. Con la sonrisa que le caracteriza y brillo en los ojos, nos contó su propia historia. Él empezó a drogarse en la primaria, donde llegó incluso a amenazar a sus maestros. En su adolescencia inició su actividad criminal, que no se detuvo hasta que llegó a la realización de que no podía seguir así. Uno de los expresos que hoy vive con la familia fue parte de su misma pandilla, ‘Los Machines’. Ambos recordaron cómo llegaron al punto en que la inmensa mayoría de alrededor de cien miembros de la banda murió violentamente.

 

Como lo pone Laura Restrepo, Goyo conoció la ley del castigo, misma que hoy descarta. Cree en cambio en la confianza, en la mano tendida y el abrazo de bienvenida a quien vuelve a ser parte de la comunidad. En ese entorno de paz y tranquilidad que es su hogar, su esposa e hijas apoyan el plan de Goyo de ampliar los dormitorios. Este noble proyecto implica restaurar un camión antiguo para venderlo y poder hacerse del terreno vecino. Entre sus múltiples actividades, entrelazadas con familia, con las y los compañeros y con Cauce, está seguir trabajando con las y los internos en la prisión de Chiconautla, algo que en un inicio implicó superar muchas trabas por parte de los custodios y sigue requiriendo viajes a la capital del estado con el fin de realizar trámites protocolarios. Goyo es pastor, y como expresó Patricia, tiene un papel fundamental allá adentro. Esencial para no perder la esperanza.

Goyo, su esposa e hijas, junto con las y los compañeros liberados, forman una familia extendida. Foto: César Ramírez

Historia mínima de Cauce Ciudadano

 

Resulta difícil comprender el todo de lo que ha sido, es y aspira ser Cauce Ciudadano, de forma que más bien elaboro sobre algunos de los rasgos de esta singular organización. Como con Goyo, Cauce tiene su origen en un grito: ‘¡Basta! No más ejercer la violencia ni recibirla’.Y es que el mismo Carlos fue pandillero y vio a amigos morir. Pero no lo fue, lo es todavía. Carlos se presenta como pandillero constructor de paz. Más allá de la anécdota esto está en el corazón del trabajo teórico y metodológico de Cauce. Así como no pretenden eliminar el conflicto sino transformarlo mediante caminos no violentos, tampoco buscan extinguir la pandilla, la banda, los chicos que se ‘juntan’. Las pandillas suplen ausencias, brindan identidad y lazos de hermandad y de apoyo frente a un mundo que parece actuar en contra de tantos jóvenes en las periferias de nuestra sociedad. Más aún, se trata de que estos jóvenes utilicen los saberes que poseen para la construcción de alternativas pacíficas para el barrio.

 

Nuevamente cito a Laura Restrepo, “Cauce busca transformar el barrio, la escuela, la casa familiar, en espacios amables de encuentro, amistad y solidaridad, dando especial importancia a lo que llaman sabiduría de la calle”. Este concepto, uno de tantos que emergen de los procesos de acción y reflexión de Cauce, pudiera definirse como el arte de manejarse en medio de la rudeza de un barrio brutal, de una cárcel, de una región en guerra. Es una sabiduría que no puede aprenderse en la escuela ni desde la academiay es fundamental para la construcción de paz en los barrios. De ahí que el acucioso trabajo de Cauce implica no solo trabajar con líderes en las pandillas, sino como casi ninguna organización en el país, con victimarios. Como lo pone nuevamente Laura“juzgar, dividir al mundo en buenos y malos, colocarse del lado del bien, del orden y la ley, señalar con el dedo, delatar, recurrir a la fuerza pública, esos no son verbos que Cauce Ciudadano conjugue”. Entendiendo que todos son víctimas de un sistema de opresión y que todas las personas podemos ejercer violencia, de lo que se trata es que ambos, víctimas y victimarios, puedan superar su destino.

Los conversatorios son fundamentales en el trabajo de Cauce en las comunidades. Y es que, como lo pone Carlos Cruz, “el arte de la construcción de paz está en escuchar mucho, y hablar poquito”. Foto: Francisco Proner

Cauce entiende la violencia como un extendido problema de salud pública, y desde ahí la aborda. Tratarla tiene sus propios tiempos y curvas de aprendizaje, por lo que no se aspira a eliminarla sino a reducir su contagio, a evitar la frecuencia e intensidad de su aparición y a encauzarla. De ahí el nombre de la organización. “Todos los ríos pueden desbordarse, pero siempre vuelven a su cauce”, expresa Erika, directora de la organización y quien fue la primera mujer no pandillera en formar parte de ésta. Así, en lo que denominan binomios, Cauce teje saberes y experiencias de vida distintas, pero esencialmente complementarias, como una especie de YingYang cuyos elementos son inseparables. Estas historias de vida se suman a las capacidades identificadas en las personas para actuar ya sea como facilitadores, mediadores o interruptores– esos que, armados de su propia ‘sabiduría de la calle’, credibilidad en el barrio e intuitiva sensibilidad, intervienen en el momento justo para evitar actos violentos. Este papel lo desarrolla por ejemplo Luis Alberto, quien me comentó cómo tiene que estar atento a todas horas para esa llamada que aspira a salvar vidas en el barrio. Y es que Cauce alberga un principio fundamental: ‘Ni un joven más en el hospital, la cárcel o el panteón’.

Los foros de prevención de la violencia, una de tantas actividades desarrolladas con la comunidad, en este coordinados por el municipio de Ecatepec. Foto: archivo de Cauce Ciudadano

Ciudad Retoño

 

Al oriente de la Ciudad de México, en el municipio de Los Reyes-La Paz, ocurre algo prodigioso: el desarrollo del centro comunitario Ciudad Retoño. Se trata de la reconversión de un terreno de dos hectáreas que fueron donados a Cauce Ciudadano por la compañía Pernod Ricard, luego de decidir desmantelar su planta de producción de licores y como una manera de devolver más de la prosperidad ahí generada a quienes la hicieron posible. Con todo lo que Cauce aprendió trabajando en Ecatepec y en otros municipios y regiones del país, Ciudad Retoño se convierte en un espacio de posibilidades, donde se sueñan y llevan a cabo proyectos propios y de otros actores sociales de la comunidad. Una de las condiciones que puso la empresa donataria y que fue acogida por Cauce, es la de prestar atención al desarrollo económico de la población. De forma que, a la par de talleres formativos, de arte y recreativos, están aquellos orientados al desarrollo de habilidades para el trabajo y el emprendimiento. Del vínculo con la comunidad y con otras organizaciones y universidades, emanan proyectos productivos y empresas sociales.

Una planta industrial transformada en fuente de esperanza. Foto: Étienne von Bertrab

 

Taller de Parkour, uno de varios al alcance de los jóvenes del barrio y del oriente de la Ciudad de México. Foto: Étienne von Bertrab

La visita a Ciudad Retoño fue demasiado corta para apreciar en toda su amplitud y profundidad lo que ahí cotidianamente ocurre y lo que ahí nace, pero se vislumbra algo significativo. Una experiencia que jamás olvidaré, fue presenciar una sesión del taller de rap que imparte Alexis Jasso, quien recientemente se integró a Ciudad Retoño como tallerista. Una docena de niñas y niños aprendiendo elementos y técnicas del rap, pero saben que están haciendo algo más. Hablan de lo que sienten, de lo que ven, de lo que escuchan, de lo que les preocupa. Transpiran en esas letras también sueños y aspiraciones. Componen letras a través de las cuales expresan lo que tal vez no pueden compartir en sus propias casas. Y ahí, en sesiones libres y juguetonas, se escuchan atentamente unos a otros, se aplauden, y se brindan retroalimentación, que les ayuda a pulir su expresión para el próximo sábado o a ponerlas a un lado y crear nuevas. Presenciar este taller y charlar posteriormente con Alexis, fue instrumental para entender más sobre las violencias cotidianas que viven las juventudes, y lo que implica romper esos círculos. Una vez que se despidieron los niños de su maestroque más bien parece su querido hermano mayor, nos sentamos a hablar. Alexis me compartió cómo el bullying definió su infancia y reforzó su personalidad más bien retraída. Durante unos años dejó de ser feliz en la interacción con los demás y se bastaba a sí mismo. Llegó a experimentar ‘bullear’ a otros, esa forma de interacción que aprendió demasiado joven, pero lo pudo ver y frenar a tiempo. La música lo rescató y particularmente el rap, que lo volvió a reconectar con los demás. Alexis goza de escuchar y de enseñar, y lo hace con una horizontalidad y un respeto por los niños, admirable.

El taller de rap pudiera concebirse también como un grupo de apoyo mutuo, en esos años críticos del desarrollo de la persona. Foto: Étienne von Bertrab

Además de dirigir Cauce Ciudadano, Erika Llanos coordina la Red Retoño, que agrupa familiares de víctimas de desapariciones, colectivos y organizaciones de la sociedad civil para llevar a cabo acciones enfocadas a desarrollar una estrategia integral para la construcción de paz. En sus pocos años de existencia la red ha logrado, por ejemplo, que 85 familias víctimas de desaparición tuvieran acompañamiento jurídico en el seguimiento a sus casos. El proyecto comprende diversas intervenciones comunitarias dirigidas a un millar de niños y jóvenes en comunidades afectadas por la delincuencia organizada. Desde hace tiempo me preguntaba si alguien se estaría haciendo cargo de tantos niños y jóvenes trastocados por la violencia. Y no es el Estado mexicano el que lo está haciendo, al menos no hasta ahora. Pero Cauce no pretende suplir al Estado, sino que busca también la incidencia en políticas públicas. A decir de Carlos, el sistema opera, pero no funciona. Desde su creación Cauce ha atendido a alrededor de 260 mil personas y diseñado un modelo de prevención de la violencia desde una perspectiva de derechos humanos, con un énfasis en la promoción de la salud, la prevención de riesgos, la atención del daño causado y la rehabilitación. Muchas felicidades por este nuevo reconocimiento y nuestra gratitud por ser quienes son y hacer lo que hacen.

Erika Llanos en Ciudad Retoño, un edén para comunidades del oriente de la Ciudad de México. Erika Cree en la ‘pedagogía de la ternura’ para recuperar la fuerza del amor ante un contexto social y político de extrema violencia. Foto: Étienne von Bertrab

 

Equipo de Cauce Ciudadano en Ecatepec guiados por don Arturo (camisa azul), indígena de la región que incita a conocer y restaurar nuestra relación con esa naturaleza que, pese a degradación y despojos, aún sustenta la vida. Foto: Étienne von Bertrab


Tú puedes involucrarte:

Étienne von Bertrab es maestro en Planificación para el Desarrollo Sustentable (UCL). Ha sido profesor e investigador en México y el Reino Unido. Actualmente es profesor de Ecología Política y Comunicación para el Cambio Social en University College London. Ha colaborado en diversos colectivos de la sociedad civil y fundado varias organizaciones y redes. Su trabajo académico se ha enfocado a entender la producción de la (in)justicia ambiental en Latinoamérica y su activismo a México.

 

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El camino de un México lector

El camino de un México - Albora

El generoso acto de donar libros hace posible la creación de bibliotecas donde no las hay. Foto: Étienne von Bertrab

El camino de un México lector

 

Brigada para Leer en Libertad

 

 

Producción: Andrés Sánchez Ascencio

Marzo 3, 2019

 

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Lectura de 15 minutos 

 

 EDUCACIÓN

En el México que vivimos lo último en que se piensa es la lectura. Pero no porque se considere que carezca de provecho, sino porque está negada del espacio físico. Su medio de existencia es a través de los libros y los libros en el espacio público prácticamente no existen. Son objetos elitistas, destinados a ciertos sectores de la población. Entonces el problema no es la gente, ni la ignorancia. Es la negación de acceso al libro, ¿cómo conocer lo que no existe? La Brigada para Leer en Libertad es una asociación civil de militancia cultural que se dio cuenta de este problema.

 

En sus diez años de historia ha puesto en circulación más de un millón de libros que llegaron a sus lectores de manera no obligada. Es un proyecto dedicado a propiciar una relación lector-libro a partir de un trabajo de contigüidad que permite la afinidad natural entre la gente, la curiosidad, los libros y sus autores, logrando así desmantelar los mitos y las trabas de un sistema político-económico al que pareciera convenir un pueblo que no lee.

 

El prejuicio a la lectura se cimienta en el grueso de la población debido a la alienación del libro, trabajando con mecanismos como los precios inaccesibles, bibliotecas y librerías que no propician el acercamiento a los libros, la obligación durante la vida escolar con lecturas demasiado complejas, entre otras estrategias que glorifican y vuelven al objeto inasequible e intocable. En el proyecto de la brigada, la preocupación es el lector y no el libro. Se ve más allá del canon y lo tradicional, se pone una atención real en las personas y sus intereses, no se busca cumplirle a un programa institucional y burocrático.

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Pese al éxito de espacios como La Feria Internacional del Libro en Guadalajara, para la mayoría de la población mexicana el acceso cotidiano a los libros enfrenta barreras. Foto: © cortesía FIL Guadalajara/ Melinda Llamas

En la brigada este acto de gravitación hacia el libro se basa en un criterio de lector. Los libros abundan y para gustos los colores. En este proceso, los brigadistas pasan por un ejercicio individual de empatizar con aquel que se acerca por primera vez a la lectura. Un ejercicio generoso y placentero de pensar en el otro, hacerle unas cuantas preguntas, y de todo lo leído en la vida, hacer una recomendación que al novato lector le dé suficientes ganas de leer. Este momento, aunque ambientado en lo romántico, es ambiguo. Se está jugando la vida de un libro que puede quedar en un estante y empolvarse, o cobrar vida por horas: el libro correcto en el momento preciso puede darles un vuelco a los abismos diarios. A la vez, resulta una manifestación de valentía por parte de aquel que se arma de valor para preguntar y develar su desconocimiento. La brigada se encuentra en el cruce de caminos entre la aversión del pisapapeles elitista y el descubrimiento de los mundos dentro de otros mundos.

La brigada

Es un proyecto de quince personas todólogas con roles enfocados mas no definidos: Paloma, Daniela, Beatriz, Rosita, Alicia, Marina, Claudia, Paco, Arón, Eduardo, Penagos, Oscar, Ezra, Salvador (EPD), Belarmino y José Ramón. A este núcleo se le suman más de 150 escritores, periodistas e intelectuales que nutren las conferencias y eventos; que van a donde se les pide de manera gratuita y le dan contenido intelectual a las ferias y eventos de la brigada. A esto se le agregan distribuidoras, editoriales y algunas librerías de viejo que participan en las ferias. En la siguiente capa se encuentra la organización Rosa Luxemburgo, que brinda parte del sustento económico para el trabajo editorial de la brigada. Finalmente está la sociedad civil, que, aunque no apoya directamente con trabajo, aporta con donaciones, asistencia y soporte colectivo tanto en redes sociales como en los eventos.

 

Otra sección itinerante son los voluntarios y observadores que van y vienen. Pocos permanecen largas temporadas pues la brigada es un equipo de trabajo particular, donde el núcleo de brigadistas funciona de manera compenetrada y flexible; cada elemento se ordena de manera independiente respecto a los demás y encuentra su orden por sí solo. Trabajan en formación tortuga, caminando diario hacia los distintos rumbos de la Ciudad de México montando ferias y tertulias en la calle; donde están las personas; donde caminan y conviven.

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Desafiando la verticalidad y todo protocolo, para la brigada los escenarios son diversos y horizontales y tienen como único fin llegar hasta los participantes más lejanos. Foto: Eduardo Penagos

Existen otros esfuerzos de fomento de la lectura que no logran sortear los retos que esto supone. El éxito de la brigada parece tener que ver con el universo de actividades generado por la brigada y que no tiene intenciones de lucro, no plantea un sistema de negocio en su modus operandi o tiene una finalidad de editorial comercial. Va más allá de la concepción tradicional, donde el objeto libro no es un producto de venta, sino la herramienta de trabajo y transformación. Es una militancia cultural, tal vez una pequeña utopía que habita dentro de una afluencia de libros. Es un espacio de experimentación en donde se trabaja en la relación entre el libro y la persona; los resultados dictan los siguientes pasos de la brigada. Estos experimentos se convierten en programas, como abuelas lectoras, los programas de lectura y creación literaria con policías, el ‘Lee mientras viajas’, ‘Para leer de boleto en el metro’, antologías realizadas con ADO o el tendedero de poesía, en el que, durante las ferias del libro, la gente lee poemas colgados como ropa al sol, toma el que más le gusta y se lo lleva a su casa, para releerlo, regalarlo o quedárselo pues algo les conmovió.

 

La Brigada para Leer en Libertad surgió en 2009 en el comedor de Paloma Sáiz y Paco Ignacio Taibo II, después de que, a raíz de problemas burocráticos, un grupo de gente dedicada a la promoción de la lectura, entre ellos la misma Paloma, fueron despedidos de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México. Decididos a continuar con el trabajo que les apasionaba y creían importante, formaron una asociación civil dedicada al fomento de la lectura y la recuperación de la historia de México. De un momento a otro, casi sin darse cuenta, la brigada comenzó a funcionar y veinte días antes de su fundación oficial, ya habían hecho diez conferencias y eventos sin tener un peso de presupuesto.

 

Los siguientes pasos fueron los tianguis de libros, un formato pequeño de feria callejera del libro, con la característica imprescindible de tener contenido, es decir, ponencias, discusiones y conferencias en donde escritores e intelectuales hicieran uso de la palabra, para socializar con la gente, ir más allá del libro y acercar las ideas a las personas. Con esto, se logró comenzar el proceso de desmitificación de los elementos tradicionales de la literatura. Los autores se acercaron al público, se bajaron del pedestal y se volvieron personas. El libro ya no era un bloque de palabras, sino un objeto de interés, comprensible y que proponía un vínculo. Con el tiempo y el apoyo de distintas delegaciones (ahora municipios) de la Ciudad de México, estos tianguis fueron creciendo a ferias, que luego se transformaron en ferias internacionales, donde se incluyen exponentes de otros países, música y otros tipos de actividades necesarias para el festejo cultural.

 

El elemento fundamental y acierto de los tianguis o ferias del libro, es el precio accesible obligatorio. La capacidad de cualquier persona para adquirir un ejemplar desde cinco, diez o veinte pesos; que permitiera el flujo de la curiosidad y erradicara el castigo económico del libro. Se volvía entonces, una oferta difícil de rechazar y cualquiera estaba en facultades para incursionar en objeto tan oscurecido. Provocaba a que la gente preguntara, que se diera cuenta de que la cultura y los libros no deben ser un tema elitista, sino una construcción social que involucra a todos los sectores de la población; que el miedo de no saber es normal y se puede resolver. Y es que, acostumbradas las personas a que todo tiene un precio e intimidadas por las dificultades económicas, preferían no decir nada, creando así una espiral de silencio.

El camino a un México lector

Una vez removidas las barreras los libros, nuevos o ya leídos, encuentran sus lectores. Foto: Eduardo Penagos

Parte del éxito de estas ferias se debió a la experiencia previa de Paco Ignacio Taibo II con la Semana Negra en Gijón, España. Un pueblo de 300 mil habitantes, dedicado a la minería de carbón y la construcción de barcos que entró en una crisis industrial en los ochenta y perdió su afluencia económica. Ante esta situación, el gobierno decidió apostarle a la cultura y por iniciativa de Paco, crearon la Semana Negra. Un festival que tenía como estandarte la novela negra y se llevaba a cabo en las calles, en el exterior y a la mano de todos. La idea plural de la Semana Negra tuvo gran éxito y creció hasta convertirse un evento internacional y parte esencial de la economía de Gijón. A partir de este modelo se conciben las iniciativas de la brigada como eventos populares necesariamente cerca de la gente.

 

Las ferias son espacios donde hay un encuentro de lectores, donde estos se reconocen, y el hecho de conectar con otros le da fuerza y coherencia a la actividad lectora. Son eventos en la calle donde cualquiera que vaya pasando y sienta algún tipo de interés, pueda llevarse un libro a casa; escuchar alguna opinión que lo haga resonar y que comience a normalizar la lectura como un acto cotidiano y al libro como un objeto asequible. Es un lugar en donde los tenderos y los policías salen con ganas de leer, con libros o poemas, habiendo conocido a un escritor o simplemente tras pasear entre estantes llenos de vida en potencia.

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Participantes decididos y quienes se acercan por curiosidad gozan por igual de la interacción con autores y forman parte de las discusiones sobre lo público. Foto: Étienne von Bertrab

Entre otros experimentos exitosos de la brigada se realizaron los primeros remates de libros, que consistían en el llamado a casas editoriales, grandes o pequeñas, que destruyen los libros no vendidos y embodegados. Se organizó entonces una vendimia masiva de libros nuevos, a precios que iban desde la mitad hasta la décima parte de su valor en librerías.  Vale aclarar que la donación de libros en este país genera impuestos por lo que es más fácil desintegrarlos. En la imperante lógica del mercado no es conveniente donar. Las cosas que se venden no se regalan. Sin embargo, una vez más la brigada rompió con el convencionalismo y le dio esperanza de vida a libros que de otra manera no estarían ya en este mundo.

 

Dentro de los primeros proyectos se encuentra la editorial, en la que todos los títulos son de libre descarga (en la página web de la Brigada para Leer en Libertad) gracias a que los derechos de autor de cada libro fueron donados por los mismos escritores. Los libros son editados por miembros de la brigada y se imprimen gracias al apoyo económico que brinda la organización Rosa Luxemburgo y a lo que se cobra a libreros durante las ferias. Los libros se obsequian después de una conferencia o tertulia. Es decir, es un regalo que va precedido de una explicación y de la incorporación del nuevo lector al universo de ideas que trata el autor del libro. De esta manera no resultan objetos ajenos e indescifrables, sino que desde el momento en que se decide permanecer en dicha conferencia, comienza la creación de un vínculo entre lectores, libros y autores que culminará con la lectura.

 

Las bibliotecas

Las bibliotecas son quizá la labor con mayor capacidad de esparcimiento e impacto social de la brigada. Se crean a partir de donaciones de la gente, por lo general durante las ferias, y de donaciones personales, y consisten en la creación de bibliotecas para espacios como escuelas o colectivos que de otra manera no serían capaces de conseguir el material para dar vida y propósito a tales espacios.

 

Y es que, en palabras de Paco, existen dos tipos de bibliotecas. Están las bibliotecas muertas, donde los libros no tienen movimiento y no generan vida, donde las ideas no se derraman de los significados, los lugares comunes se vuelven únicos, precisos, infranqueables; las palabras se quedan empalmadas entre páginas. Por otro lado, están las bibliotecas vivas, aquellas que generan movimiento, lectura, ideas, educación sentimental, criterio, sus libros se usan y pasan por muchos ojos. Tienen una selección elástica que se adecua a la situación de cada colectivo. Para escuelas de educación básica o media, se seleccionan enciclopedias universales para que se puedan hacer las tareas. Se mandan libros de arte en general, o de artistas identificados por cautivar a los jóvenes. Libros juveniles y de cultura general, de literatura universal e historia. Hay también bibliotecas comunitarias, como el centro cultural Pedro López Elías en Tepoztlán, que acuden a la brigada por bibliografía especializada que beneficie a los usuarios de su comunidad, libros de apicultura o botánica, por ejemplo.

 

Asimismo, hay gente que llega con ideas definidas, como grupos de formación social que buscan tratados y textos clásicos sobre marxismo, de instrucción económica, social, antropológica o literaria. Entonces de las cajas y cajas apiladas en los pasillos de la oficina, con un papelito colgado que identifica la causa, Paco, o cualquier integrante de la brigada, va sacando de la caja marcada libro por libro y decide cuál queda con el enfoque del colectivo, los libros que considera primordiales, otros que son enriquecedores y algunos colados que vale la pena leer. Autor por autor, exponiendo el giro del texto y discutiendo su valor con aquel que se encuentre cerca, a veces también, observando largamente el libro, como si quisiera no arrancarse del recuerdo que despierta, va acomodando en otra caja vacía, las pilas de libros que se volverán una biblioteca.

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Mientras que las ferias y foros están nutridos por historia y literatura atemporal el acontecer nacional está siempre al centro del trabajo de la brigada. Foto: Eduardo Penagos

La creación de bibliotecas es un trabajo meticuloso propia del librero. El proceso de clasificación es uno de memorias, sorpresas o gritos de ‘caja cuatro’ (la caja destinada a la venta por kilo de papel). A partir de las donaciones se ordenan los libros según su disciplina, tema, edad o idioma: juvenil, de cocina, filosofía, historia de México, policiaco. También se hacen colecciones de contenidos especiales, por ejemplo, Paco, separando libros del Che, o Ezra Alcázar rescatando ediciones y autores difíciles de encontrar. Es una labor no solo física y mental, sino también emocional y de erudición lectora. Son momentos en que la brigada discute sobre autores o libros, que se presta para el debate o la risa, en donde la actitud desenfadada hace llevaderas las incansables jornadas de organización, clasificación y planeación de los libros donados que se desbordan en la oficina de la brigada.

 #OperaciónChiapas

A finales de julio de 2018, en una reunión con la CNTE (Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación) a Paco se le ocurrió preguntar cuáles comunidades carecían de biblioteca. Para su sorpresa se levantaron setenta y seis manos, convertidas en el acto en igual número de peticiones de bibliotecas, la mayoría para escuelas primarias y secundarias rurales sin acceso a Internet. Una primera cuenta de lo necesario para la creación de las bibliotecas sumó alrededor de 15 mil libros. Cada biblioteca debía contener una enciclopedia, un buen diccionario, libros de geografía, ciencias naturales, historia y literatura que suplieran la inaccesibilidad al ciberespacio. Se trazó el esquema de distribución y la estrategia, pues la brigada, siendo una organización pequeña y sin fines de lucro, no tenía el dinero para transportar los libros desde la Ciudad de México hasta las comunidades. Entonces comenzó lo que se convertiría en la convocatoria más mediatizada de la historia de la brigada.

 

De hecho, parte del impacto que ha tenido la brigada se debe a su presencia constante en redes sociales, en donde comparten todas las actividades que realizan. En su canal de YouTube puede uno encontrar las conferencias de las ferias, y tiene todo tipo de contenido, desde cursos especializados en historia, arte y creación literaria, así como lecturas públicas y comunicados por parte de la brigada. Tienen 55 mil suscriptores y sus videos alcanzan millones de reproducciones. Este tipo de interacción con la sociedad ha creado dimensiones fácticas que de otra manera no serían posible.

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La silente labor de documentar cada evento por parte de José Ramón Calvo hace posible que la palabra viaje mucho más allá de los presentes. Foto: Étienne von Bertrab

En un programa previo a la feria la Feria de la Alameda 2018 se lanzó la convocatoria para la donación de libros, misma que se corrió por distintos medios logrando algo inusitado. De recibir en ferias anteriores seis o siete cajas de libros, las donaciones de ciudadanos rebasaron toda expectativa y en los primeros cinco días se recibieron alrededor de 20 mil libros. Días después llegaron a los 45 mil. Se convocó nuevamente a la sociedad civil pero esta vez con la intención de que pararan las donaciones, pues no había ya donde contener tanto libro. Lleno el espacio destinado para la recepción de donaciones, se llevaron los demás libros a la Sección 9 del CNTE, donde se organizaron y mandaron una buena parte de las 76 bibliotecas a Chiapas. Una parte del excedente de libros se quedó en la sección 9 y otra se trasladó a la oficina de la brigada.

 

Eran tantos libros que la oficina colapsó. Tantos, que no se podía pasar de un lugar a otro ni entrar al baño. Durante las semanas siguientes, parte importante del trabajo diario fue acomodar y seguir entregando bibliotecas a cualquiera que estuviera dispuesto a ir por ella. Eran de todo tipo, tanto generales como especializadas: de economía, psicología, botánica, libros en inglés y francés, libros juveniles y en sí casi cualquier tipo de libro que valiera la pena ser clasificado. Al hacer un trabajo de esta magnitud, la brigada se dio cuenta de que una sola organización no podía impulsar la lectura en todo el país, y reafirmó la idea de que ésta es una tarea primordial que debe realizar el gobierno, pues no es menos que elemento integral en la formación ciudadana.

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En la Feria de la Alameda 2018 un flujo constante de personas llegaron para donar sus libros, en este caso, en manos de Marina Taibo. Foto: Étienne von Bertrab

Tiempo y espacio a partir del libro

La Brigada para Leer en Libertad es un proyecto de una potencia histórica y que reúne a tanta gente a su vez comprometida, que se convierte en un tejido que la sostiene de forma contundente y constante. Se ha vuelto un engrane fundamental de la noria del pensamiento crítico en México. Le da cabida a escritores, periodistas, intelectuales, ciudadanos y sectores gubernamentales en un mismo tiempo y espacio a partir del libro: integran a la mayoría de la estructura poblacional en el proceso constructivo de la lectura. Su honesto interés por crear y reconstruir un país a partir de una sociedad pensante, es simbolizada desde la estructura asamblearia y horizontal, sin burocracia, sin intenciones de lucro, con individuos comprometidos y transparentes que sin ánimos de perfección trabajan incansablemente por crear lectores. Un grupo de personas que, a partir de sus facultades y diferencias individuales, actúan conscientes de que un cambio verdadero llega con paciencia, lectura y apasionamiento por lo que genera ideas.

 

Dentro de la brigada cada individuo aporta algo único que enriquece el proyecto, sin embargo, la familia Taibo-Sáiz destaca en su tarea como conductores de la asociación civil. No es una estructura vertical, pero sin duda esta familia empuja el proyecto en el plano de la presencia pública, dando la cara, siendo ellos los principales voceros y gestores culturales, la punta de lanza del camino hacia un México lector. Paloma Sáiz, en su larga carrera de gestora, consiguió posicionarse en un plano menos visible pero necesario del sistema del libro, fue entre muchas otras cosas, encargada de la FIL del Zócalo. Marina Taibo, que está desde el principio del proyecto, se encarga de la organización y de conciliar las ajetreadas agendas, entre otras muchas tareas que hacen que la brigada funcione. Tanto Paloma como Marina representan una sección menos visible en la diversidad de encargos que van desde las relaciones públicas hasta la gestión de eventos culturales. Es una labor dedicada a la producción de numerosas actividades, trabajo en redes, ferias del libro, contacto con delegaciones (ahora municipios) y editoriales. Aunque no resulta evidente, es un trabajo imprescindible, un trabajo que se mimetiza y es parte intrínseca de la brigada misma.

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Paloma Sáiz, junto con Paco Taibo II, presentan la brigada en el marco de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara en 2016. Foto: © cortesía FIL Guadalajara/ Gonzalo García

Por otro lado, Paco Ignacio Taibo II, un excelente orador, escritor e historiador solidario con los movimientos sociales, se ha convertido en la imagen pública de la brigada. Un escritor que tuvo la capacidad de borrar la línea divisoria entre la fama y la gente, que aprovechó esta coyuntura como figura pública para hablar sobre temas que no se discuten en los medios masivos, logrando que una parte de la élite intelectual salga de espacios contenidos y se acerque a su público para sembrar dudas y hablar de manera crítica sobre lo que les apasiona. Junto con su familia y un grupo de gente cercana lograron validar un proyecto masivo no tradicional, que funciona y que genera cohesión social. A partir de una creencia y una certeza fundadas en el pensamiento crítico, la Brigada para Leer en Libertad logra emancipar al libro del oscurecimiento y la penitencia económica.

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El buen humor y las sonrisas son inherentes a la misión y a las formas de la brigada. Foto: Eduardo Penagos

Daniela Campero, brigadista encargada de la sección editorial, me dijo alguna vez que hay gente que con solo convivir con ella te hace ser mejor persona; te cuestiona sin directamente tener que preguntar; gente que te sirve de ejemplo cotidiano por su manera de pensar y hacer las cosas, que se salen de la normalidad y resignifican el día a día. Los Taibo-Sáiz son ese tipo de persona. Así también, cada uno de los miembros de la brigada ha sido una pieza fundamental para el éxito de este proyecto.

 

La Brigada para Leer en Libertad forma un equipo que incansablemente busca desmitificar la lectura. Ésta se desenvuelve ante nosotros como un mundo más complejo que el simple hecho de sentarse y leer, pero a la vez tan sencillo como este acto. Representa en el fondo, el culto a un objeto antiquísimo que acompaña a nuestra civilización desde hace mucho tiempo: el libro. A su vez, este artefacto de celulosa no es solo letras organizadas en frases, párrafos o páginas, sino también el símbolo permanente de la cultura, de la herencia del conocimiento, de la construcción de la identidad individual y colectiva. Es comprensible que en un país donde se desvanecen las historias y los estudiantes, se prefiera el olvido como estrategia de evasión. El trabajo de la brigada logra hacernos no olvidar, reconocernos en el otro, hacernos ver que se pueden regenerar los tejidos en un sistema encargado de individualizarnos, y que nosotros mismos podemos lograrlo si redescubrimos el placer de la curiosidad.

 

Nota del autor: La experiencia de la Brigada para Leer en Libertad se documentó antes de la postulación de Paco Ignacio Taibo II a la dirección del Fondo de Cultura Económica.


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Andres Sanchez Ascencio - Albora

Andrés Sánchez Ascencio cursa actualmente la carrera de Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara y forma parte del taller de creación literaria Al gravitar rotando. Ha tomado cursos de redacción con periodistas como Diego Osorno y de cuento con Karla Sandomingo, es apasionado del texto breve y la crónica. También ha colaborado como co-editor y escritor en algunas revistas electrónicas y como corrector de textos.

 

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